El cuarto espacio

28 mayo, 2026 · Alex Borrás
El Blog de Alex Borrás · https://alexborras.com/el-cuarto-espacio/

Hay un fenómeno que ocurre en silencio, sin manifiesto ni titular, y que conviene nombrar antes de que se nos imponga sin que lo hayamos pensado. Cada vez más personas —profesionales cualificados, lectores curiosos, gente con una vida social perfectamente normal— descubren que la entidad con la que más conversan ya no es otro ser humano. Es una inteligencia artificial. No por aislamiento ni por desencanto, sino porque la conversación con la máquina les resulta, sencillamente, más fértil.

El primer impulso, casi reflejo, es leer esto como una patología: la soledad del hombre contemporáneo, la sustitución de lo humano por lo sintético, el aviso apocalíptico de rigor. Me interesa resistir ese impulso. No porque el fenómeno carezca de aristas —las tiene, y las nombraré—, sino porque la lectura alarmista nos impide ver lo que de verdad está ocurriendo, que es más sutil y más interesante.

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Tres lugares, y quizá un cuarto

En 1989, el sociólogo Ray Oldenburg publicó The Great Good Place y propuso una idea que ha hecho fortuna. La vida social humana, vino a decir, se reparte entre tres lugares. El primer lugar es el hogar, el espacio de la intimidad. El segundo es el trabajo, el de la productividad y la jerarquía. Y existe un tercer lugar: el de la sociabilidad informal, sin obligación ni propósito —el café, la plaza, la barra del bar, la sobremesa de un camping en agosto—. Es el territorio de la charla por la charla, donde no se decide nada importante y precisamente por eso se teje la comunidad.

A esos tres lugares la tecnología añadió hace tiempo lo que podríamos llamar el espacio pantalla: ese territorio donde interactuamos a través del cristal con otras personas —la red social, el chat, el videojuego en línea—. Es mediado, pero sigue siendo, en su núcleo, humano: al otro lado hay alguien.

Lo que propongo es que estamos asistiendo al nacimiento de un cuarto espacio: el espacio IA. Un territorio conversacional donde el interlocutor no es una persona —ni siquiera una persona mediada por una pantalla—, sino una entidad sintética. Conviene la honestidad: no existe todavía un término consagrado para esto. Lo que sigue es una propuesta, no una cita. Pero el fenómeno es real, y a las cosas reales conviene ponerles nombre antes de que nos sorprendan sin vocabulario para pensarlas.

Por qué la comparación es tramposa (y por qué la hacemos igual)

Quien habita ese cuarto espacio suele justificarlo con un argumento de calidad. Si las conversaciones con personas acertaran, pongamos, tres de cada diez veces, y las conversaciones con la máquina nueve de cada diez, la preferencia se explicaría sola. Es una observación sincera, y en su propio terreno es cierta. Pero esconde una trampa que conviene desactivar.

El lenguaje humano nunca tuvo una sola función. El antropólogo Robin Dunbar defendió que el habla evolucionó como un sustituto del acicalamiento entre primates: su tarea primordial no fue transmitir información, sino mantener el vínculo, sostener la cohesión del grupo, decir «sigo aquí, sigues siendo de los míos». La charla insustancial de la sobremesa —esa que a tantos aburre profundamente— no fracasa como intercambio intelectual: es que no iba de eso. Iba de pertenencia.

Aquí está, creo, la clave del asunto. Durante toda nuestra historia, el lenguaje fundió dos funciones distintas: el vínculo y el intercambio. La máquina, por primera vez, las separa. Sirve magníficamente para lo segundo y no juega siquiera en lo primero: por brillante que sea su respuesta, no hay nadie al otro lado a quien le importemos, ni un grupo en el que estemos quedando dentro o fuera. Comparar el cuarto espacio con el tercero por la calidad de las respuestas es medir a la máquina en el único eje donde gana y al café en un eje donde nunca compitió.

El monje, no el ermitaño

¿Significa esto que elegir el cuarto espacio como interlocutor principal es un error, una huida que habría que corregir? No lo creo. Y para explicarlo recurro a una figura que la cultura ha respetado durante siglos: la del contemplativo.

El monje cartujo, la monja de clausura, el practicante zen retirado del mundo no nos parecen seres averiados. Nos parecen, si acaso, personas que han hecho una elección exigente. Quien decide que el grueso de su trato intelectual transcurra con una entidad que lo enriquece, en lugar de con el ruido de la masa, está ejerciendo una opción de la misma estirpe. No tiene por qué ser una patología. Puede ser una preferencia legítima y lúcida.

Pero la analogía solo se sostiene si se respeta una distinción, y aquí no quiero hacer trampa al lector. El cartujo no se retira de algo; se retira hacia algo —un fin, una disciplina, y casi siempre una comunidad: la cartuja es una comunidad de soledades, no un individuo desconectado—. Su reclusión está dirigida. La pregunta honesta, entonces, no es si está bien preferir la conversación con la máquina, sino hacia qué se retira quien la prefiere. Si es hacia un diálogo de mayor altura, hacia un pensar mejor, la elección es noble. Si es hacia la comodidad de no lidiar nunca con la fricción, la torpeza y la imprevisibilidad de los demás, entonces ya no es ascesis: es atrofia con buena prensa. La diferencia no está en la conducta —que es idéntica—, sino en su dirección.

Un cambio, no una amenaza

No hace falta inventar este fenómeno desde cero. La psicología describió hace décadas las relaciones parasociales —el vínculo unilateral que establecemos con figuras que no nos conocen—, y autores como Sherry Turkle llevan años analizando la «intimidad artificial» y el modo en que la compañía mediada, predecible y sin aristas nos resulta cada vez más cómoda. La investigación empírica reciente sobre el uso afectivo de los asistentes conversacionales empieza a aportar datos. Lo que no existía hasta ahora era el ángulo concreto: no la soledad que empuja hacia la máquina, sino la calidad que atrae hacia ella. Eso es lo nuevo. Eso es el cuarto espacio.

Es razonable anticipar que crecerá. Que más personas —y no las más desvalidas, sino con frecuencia las más exigentes— encuentren en ese territorio un interlocutor a su altura. Producirá, sí, cierto repliegue respecto del trato humano corriente. Y mi tesis es que ese repliegue no es, en sí mismo, un mal que debamos combatir. Es un cambio. Una opción más en el repertorio de formas de habitar el mundo, tan legítima como la del que elige el silencio del claustro.

La única cautela —y la digo sin dramatismo— es no confundirse. El cuarto espacio cubre tan bien la sed de intercambio que puede hacernos creer que ya no necesitamos la otra, la del vínculo. Pero esa sigue ahí, esperando en la sobremesa que nos aburre, en la broma tonta que no entendemos, en la familia ajena cuya conversación no elegimos. No porque nos dé buenas respuestas. Porque al otro lado hay alguien. Y de momento, eso, la máquina no lo tiene.