El vértigo de la libertad: la IA y la angustia de poder hacerlo todo

El vértigo de la libertad: la IA y la angustia de poder hacerlo todo

Hay un momento, trabajando con inteligencia artificial, en el que algo hace clic y ya no vuelves atrás. En mi caso llegó a principios de 2026, con la irrupción de los agentes. Llevaba desde 2023 usando la IA para tareas concretas y acotadas: generar contenidos, analizar SEO, programar. Pero cuando empecé a encadenar agentes, a programar plugins, a diseñar estructuras que se ejecutan solas, la naturaleza de la sensación cambió por completo. Dejó de ser «esta herramienta me ahorra trabajo» y pasó a ser otra cosa, mucho más difícil de nombrar: dios mío, puedo hacerlo todo.

Lo curioso es que esa constatación, que debería ser pura euforia, viene acompañada de un vacío. Un vértigo. Porque una cosa es poder hacerlo todo y otra muy distinta es poder hacerlo todo a la vez. Si me pusiera a construir cada estructura que soy capaz de imaginar, no facturaría nada, no terminaría nada, recogería los frutos dentro de meses. De repente el problema ya no es la capacidad. El problema es elegir.

No era una rareza mía

Pensé que era una manía personal hasta que vi en TikTok a alguien afirmar que los ejecutivos estadounidenses que trabajan con IA sienten exactamente lo mismo. Fui a comprobarlo, porque una afirmación de TikTok no es una fuente. Resultó ser cierto y está documentado.

En 2026 el fenómeno ya tiene apodos. Investigadores hablan de AI brain fry a partir de un estudio de Boston Consulting Group sobre lo que supone supervisar a varios agentes a la vez: una niebla que deja a los trabajadores exhaustos. Un fundador tecnológico bautizó su versión como vibe coding paralysis: cuanta más capacidad tienes, más te sientes obligado a usarla, y más fragmentada queda tu atención, hasta acumular una montaña de proyectos a medio hacer. Y en las cúpulas directivas se habla abiertamente de parálisis de decisión: demasiadas opciones, demasiada incertidumbre, el miedo a equivocarse mientras el suelo se mueve.

Pero conviene afinar, porque casi todo ese vocabulario describe agotamiento y parálisis. Y lo que yo sentía no era eso. No estaba bloqueado ni quemado: estaba produciendo más que nunca. Lo mío no era el cansancio del que tiene demasiadas herramientas, sino el vértigo del que descubre que es casi omnipotente. Y para esa sensación concreta hay un nombre mucho más antiguo y mucho más exacto.

Un vértigo de 182 años

En 1844, Søren Kierkegaard publicó El concepto de la angustia y describió una escena que cualquiera puede reconocer. Un hombre se asoma al borde de un precipicio. Siente, claro, el miedo natural a caer. Pero siente algo más perturbador: la conciencia de que es libre de saltar. Ese segundo escalofrío —no el de poder caer, sino el de poder lanzarse— es lo que Kierkegaard llamó «el vértigo de la libertad».

Su tesis es contraintuitiva y, dos siglos después, asombrosamente actual: no nos angustia lo que nos limita, nos angustia lo que nos es posible. La angustia es el mareo que produce mirar hacia abajo, hacia el abismo de nuestras propias posibilidades. No es un defecto que reparar; es el precio de ser libres. Kierkegaard lo formuló como la inquietante conciencia de ser capaz.

Si cambias el precipicio por una pantalla y «poder saltar» por «poder construir cualquier cosa», tienes la fotografía exacta de lo que muchos sentimos en 2026 frente a la IA.

Del supermercado al taller

El siglo XX ya había bajado esta angustia metafísica a la vida cotidiana. En 1970, Alvin Toffler acuñó en Future Shock el término overchoice: la paradoja de que un exceso de opciones, lejos de liberarnos, entorpece la decisión. En 2004, el psicólogo Barry Schwartz lo popularizó como «la paradoja de la elección»: más alternativas producen más parálisis, más ansiedad y más arrepentimiento, no más felicidad. Es la experiencia del que entra a comprar unos vaqueros o un café y sale agotado por el menú.

Lo que cambia ahora —y esta es mi lectura, no un dato establecido— es el plano en el que ocurre. Durante medio siglo, el exceso de opciones fue un problema de consumo: elegir entre cosas que otros habían fabricado. La IA lo desplaza al terreno de la creación. No me ofrece más productos que comprar; me ofrece infinitas cosas que yo mismo podría construir. Es el vértigo de la libertad, pero del que fabrica, no del que elige en el lineal del supermercado. Y eso lo vuelve más intenso, porque ya no me limita el catálogo: me limita únicamente mi tiempo y mi criterio.

Por qué vacío, y no solo euforia

Queda la pregunta más interesante: ¿por qué la omnipotencia produce vacío en lugar de alegría pura? Tengo una hipótesis, y la presento como tal.

Durante toda la historia, la dificultad hizo un trabajo silencioso: filtraba. Como no podías hacerlo todo, el propio esfuerzo te decía qué merecía la pena. La restricción daba sentido sin que tú lo notaras. El que tardaba un mes en programar algo tenía, en ese mes, una respuesta implícita a la pregunta de si valía la pena hacerlo. Cuando la IA disuelve la fricción —cuando casi todo se vuelve posible, rápido y barato— ese filtro desaparece. Y te quedas a solas frente al abismo de la pura posibilidad, sin la dificultad que antes elegía por ti.

El esfuerzo ya no confiere valor por sí mismo. Ahí, sospecho, nace el vacío: no es cansancio, es la desorientación de quien ya no puede apoyarse en lo difícil para saber qué importa.

El último recurso escaso

La consecuencia práctica es nítida. El recurso escaso ya no es la capacidad técnica: es el criterio. La pregunta que define el trabajo en esta nueva era ha dejado de ser «¿puedo hacerlo?» —la respuesta es casi siempre que sí— para convertirse en «¿merece la pena hacerlo?». Y esa pregunta no la responde ningún agente.

Kierkegaard creía que ese vértigo no era una avería que medicar, sino la prueba de que somos libres; incluso, decía, una ocasión para hacernos más conscientes y más responsables. Quizá el vacío que sentimos los que trabajamos con IA no sea un problema a eliminar, sino una señal: la de que hemos cruzado a un territorio nuevo, donde por primera vez la limitación no viene de fuera, sino de la única frontera que nos queda. Decidir qué construir, entre todo lo que ya podemos construir, es otra forma de decidir quiénes queremos ser.

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