El asteroide de agosto de 2027 que circula en redes sociales como una amenaza de extinción no va a impactar la Tierra. Lo que sí es real es el paso de un asteroide conocido, catalogado desde 1999, que se acercará a nuestro planeta el 7 de agosto de 2027 a una distancia ligeramente superior a la de la Luna. He revisado la documentación técnica original de la NASA porque me interesa cómo se construyen y propagan este tipo de alarmas en Google, y el caso es un ejemplo perfecto de cómo un dato astronómico real se descontextualiza hasta convertirse en un bulo viral.
El objeto real: (137108) 1999 AN10
El asteroide que da pie a toda la historia se llama (137108) 1999 AN10, apodado extraoficialmente «Gog» en algunos foros. Lo descubrió el programa LINEAR el 13 de enero de 1999. Es un asteroide de la familia Apolo, con un diámetro estimado de entre 0,8 y 1,8 kilómetros, muy lejos de los 24, 28 o 30 kilómetros que circulan en los titulares alarmistas. Por su tamaño y por cruzar la órbita terrestre, está clasificado como Asteroide Potencialmente Peligroso (PHA), una etiqueta técnica de vigilancia, no una alerta de impacto.
El 7 de agosto de 2027 pasará a unos 390.000 kilómetros de la Tierra, una distancia algo mayor que la que nos separa de la Luna (384.000 km de media). La NASA (sistema Sentry, JPL) y la ESA (NEOCC) coinciden: la probabilidad de impacto en ese sobrevuelo es cero.
Por qué la fecha ya generó ruido en 1999
Aquí está el dato que la mayoría de artículos que he revisado omiten o dan por vigente sin comprobarlo. Cuando se descubrió el asteroide en enero de 1999, el arco de observación era tan corto que el margen de error era enorme: las primeras estimaciones de abril de 1999 llegaron a situar el paso de 2027 a solo 37.000 km de la superficie terrestre. Con esa incertidumbre, un equipo de astrónomos (Milani, Chesley y Valsecchi) calculó en abril de 1999 una probabilidad remota de impacto en 2039 (del orden de 1 entre mil millones) y, en mayo de ese mismo año, el JPL identificó dos «ojos de cerradura» gravitacionales adicionales que abrían una posibilidad, también extremadamente baja, de impacto en 2044 (1 entre 500.000) y 2046 (1 entre 5 millones).
Esas cifras de 2044 y 2046 son las que siguen citando hoy muchos medios como si fueran el riesgo actual. No lo son. En julio de 1999, astrónomos aficionados localizaron imágenes de archivo del asteroide tomadas el 26 de enero de 1955 en el Palomar Sky Survey. Al incorporar esas placas al cálculo orbital, el arco de observación se amplió enormemente y la incertidumbre se redujo a niveles insignificantes. El propio CNEOS de la NASA confirmó entonces que los escenarios de 2044 y 2046 quedaban fuera de la elipse de error y pasaban a ser, en sus propias palabras, «prácticamente imposibles». Es decir: el riesgo remoto que en su día fue noticia real quedó descartado hace más de 25 años, y buena parte del contenido viral actual recicla datos de 1999 sin la corrección posterior.
De dónde sale el bulo de 2027
La versión catastrofista que circula ahora no tiene origen científico. Procede del escritor J. J. Benítez y su libro «La gran catástrofe amarilla», escrito durante un crucero de vuelta al mundo que quedó confinado en alta mar al inicio de la pandemia. La tesis del libro mezcla varios elementos que conviene separar con claridad:
Como especulación de autor, sin respaldo científico: un asteroide de hasta 30 km que impactaría cerca de Bermudas o en el Caribe, 1.200 millones de muertos en 48 horas, tsunamis de un kilómetro, erupción del arco volcánico de Indonesia y nueve años de oscuridad global.
Como teoría de la conspiración, sin ninguna base verificable: que la pandemia de covid-19 fue un simulacro deliberado para preparar a la población ante el impacto, y que la NASA lleva más de una década ocultando una misión militar secreta de desvío del asteroide.
Como recurso místico añadido a posteriori: una lectura de la Centuria X, cuarteta 72 de Nostradamus y una supuesta profecía de un místico chino llamado «Zidong», ambas interpretaciones simbólicas sin ningún valor como evidencia.
El propio nombre «Gog» no es la denominación científica del asteroide, sino una referencia bíblica tomada del Libro de Ezequiel y el Apocalipsis, elegida por su carga apocalíptica.
El factor que alimenta la confusión
Hay un elemento real que ayuda a entender por qué el bulo prende con tanta facilidad. Cada dos años, la NASA, la ESA y organismos como la FEMA organizan simulacros de mesa sobre defensa planetaria en el marco de las conferencias de la Academia Internacional de Astronáutica. En estos ejercicios se inventa un asteroide ficticio con una probabilidad de impacto simulada para entrenar la respuesta institucional. Que estos simulacros existan, y que en el pasado hayan usado escenarios y fechas cercanas, es un hecho real y verificable; que se hayan confundido con una amenaza genuina es un error de interpretación, no una prueba de ocultación.
Qué va a pasar realmente el 7 de agosto de 2027
Un asteroide conocido, vigilado desde hace más de 25 años, pasará cerca de la Tierra sin ningún riesgo de colisión. Para la comunidad astronómica es, al contrario de lo que sugiere el relato apocalíptico, una oportunidad excelente para observar de cerca un objeto de casi dos kilómetros con telescopios y radar, y perfeccionar aún más su órbita de cara a los sobrevuelos de este siglo.
Mi conclusión, después de revisar la documentación original y no solo los artículos que la resumen: el dato astronómico es sólido y aburrido, en el buen sentido. Lo interesante no es el asteroide, sino la mecánica por la que un cálculo orbital de 1999, ya corregido, se recicla veintipico años después mezclado con Nostradamus y teorías de control social para generar clics.



